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Cromo húmedo y carne imposible: Hajime Sorayama y las cybergirls del deseo metálico

Cromo húmedo y carne imposible: Hajime Sorayama y las cybergirls del deseo metálico
Categories Éxtasis Extravagancia

Cromo húmedo y carne imposible: Hajime Sorayama y las cybergirls del deseo metálico


Cuando la fantasía erótica se funde con el acero pulido, el resultado no es ciencia ficción: es un sueño lubricado de cromo y luz artificial. Hajime Sorayama no pinta mujeres. Las diseña como si fueran la última máquina capaz de sentir.

El erotismo como ingeniería de precisión

En la periferia del arte japonés de finales de los setenta, mientras el manga y el anime se convertían en exportaciones masivas, Hajime Sorayama dibujaba en silencio su propia revolución. Graduado en la Chuo Art School, dejó pronto de lado el academicismo para obsesionarse con un lenguaje pictórico que mezclaba el fotorealismo publicitario con la pornografía más directa.

Su técnica, precisa hasta la obsesión, combina aerógrafo y óleo para conseguir un acabado metálico que no es frío, sino hipnóticamente cálido: cromo que transpira, acero que parece erizarse. Así nacieron sus «Sexy Robots», una serie que desde 1983 redefine lo que entendemos por mujer y máquina, adelantándose décadas a debates sobre el posthumanismo y la carne sintética.

Ciborgs que no quieren ser humanas

Lo perturbador en Sorayama no es el fetichismo mecánico, sino su frontalidad. Sus robots no imitan la feminidad humana para pasar desapercibidos; exageran el estereotipo hasta hacerlo monstruoso y sublime: muslos cromados, bustos imposibles, poses que desafían la gravedad y una mirada vacía que no busca al espectador… pero lo atrapa.

No hay distopía ni advertencia moral: Sorayama no pretende prevenirnos del futuro, sino seducirnos para que queramos vivir en él. Es el reverso sucio del utopismo tecnológico, donde el deseo y la máquina se funden en una coreografía lubricada por la luz de neón.

Influencias cruzadas: del pulp a la pasarela

Sorayama no trabaja en un vacío cultural. Su obra es hija de varias corrientes subterráneas:

  • El pulp erótico y sci-fi de los cincuenta, donde las pin-ups flotaban en planetas imposibles.
  • El futurismo retro de artistas como Chris Foss o Syd Mead, pero con una carga sexual explícita que estos jamás habrían mostrado.
  • La estética feti-chic de Helmut Newton y Ellen von Unwerth, pero traducida al idioma del aluminio bruñido y las juntas hidráulicas.

En los noventa, su imaginario saltó del lienzo a la cultura pop: colaboró con Sony en el diseño de AIBO, el perro robótico, trabajó en portadas de discos y fue absorbido por el imaginario cyberpunk. Sus robots podrían habitar tanto en una ilustración de Heavy Metal como en una pasarela de Alexander McQueen.

Carne de ciencia ficción

Las «Sexy Robots» funcionan como espejos deformantes: cuanto más perfectas y limpias son sus superficies, más nos devuelven el reflejo de nuestro propio fetichismo tecnológico. Sorayama nos hace preguntarnos si el deseo, al final, es solo otro sistema operativo programado para repetir los mismos comandos: mirar, poseer, consumir.

Conclusión: el futuro ya tiene cuerpo

En un mundo donde la inteligencia artificial ya dibuja sus propias pin-ups y la robótica busca imitar la piel humana, Sorayama se siente menos como un visionario y más como un cronista. Él ya estuvo allí: en ese lugar donde la fantasía y la máquina son la misma cosa, y el placer tiene textura de acero inoxidable.

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