Antes de Another World fue mito, Flashback se convirtió en leyenda. Un thriller de ciencia ficción animado a mano que parecía más cine que juego, más Blade Runner que Sonic. El Commodore Amiga jamás volvió a ser el mismo.
El eco de un recuerdo que no existe
1992, Mientras los salones recreativos rugían con violencia digital y los hogares se llenaban de consolas que preferían lo chillón a lo sutil, desde Francia surgía un videojuego que desentonaba con elegancia radical: Flashback: The Quest for Identity. Creado por Paul Cuisset y su equipo en Delphine Software, fue publicado inicialmente para el Commodore Amiga, aunque más tarde llegaría a Megadrive, SNES, DOS y otras plataformas. Pero fue en Amiga donde realmente Flashback brilló con un aura casi mitológica.
Y es que Flashback no era solo un juego de plataformas. Era una película de culto jugable, un thriller existencial con conspiraciones alienígenas, amnesia inducida, megaciudades podridas, y una estética que destilaba influencias de Moebius, Ridley Scott, y el cómic europeo más ácido.
Rotoscopia y distopía: la belleza del movimiento
Lo primero que golpeaba era la animación. Cada movimiento del protagonista, Conrad B. Hart, estaba realizado mediante rotoscopia: técnica de animación que traza movimientos reales filmados en vídeo, y que ya se había utilizado en Prince of Persia (1989). Pero Flashback lo llevó más lejos: no sólo fluía, sino que respiraba.
El resultado era una extrañeza hipnótica. Los saltos, las carreras, los disparos, los tropiezos: todo tenía un peso y una pausa que desafiaban la lógica arcade. En lugar de urgencia, había elegancia. En vez de velocidad, coreografía. Jugar Flashback era como soñar una pesadilla cyberpunk en cámara lenta.
La ambientación, por su parte, era una mezcla embriagante de ciencia ficción ochentera y paranoia noventera. Desde las junglas artificiales de Titán hasta los clubs subterráneos de una metrópolis infestada de alienígenas disfrazados de humanos, el juego parecía más inspirado por Total Recall, The Running Man o incluso La Invasión de los Ultracuerpos que por cualquier otro título de su época.
El Commodore Amiga como templo visual
Aunque llegó a muchas plataformas, la versión de Amiga es la más venerada. No sólo por su fidelidad visual, sino por su sonido, su color y su atmósfera. El chip gráfico de la máquina fue empujado hasta sus límites para conseguir fondos en varios planos, efectos de luz casi pictóricos, y una banda sonora sutil, atmosférica, que más parecía diseño sonoro de una película que música de videojuego.
Y aquí entra el elemento que convierte a Flashback en una obra de culto: su narrativa ambigua, fragmentada, deliberadamente incompleta. Conrad se despierta sin recuerdos, y lo que sigue es un descenso a través de niveles que son, en realidad, capas de conciencia. Es un juego sobre la pérdida de identidad, sobre la memoria como construcción, sobre la deshumanización tecnológica. En plena era pre-cyberpunk de la narrativa interactiva, Flashback ya estaba ahí, anticipándolo todo.

Herencia digital: lo que Flashback dejó atrás
Mucho antes de que Inside, Blackthorne, The Swapper o Another World fueran aclamados como narrativas jugables, Flashback ya había abierto el camino. Su legado se siente en cada juego que apuesta por la cinematografía como jugabilidad, por el arte digital como lenguaje narrativo, por el silencio como grito.
En 2013 se lanzó un remake del juego que, como suele pasar, se quedó a medio camino entre homenaje y profanación. Pero el original sigue ahí, imperturbable, como una cápsula de tiempo infectada de sueños rotos, esperando ser redescubierta por quien aún sepa ver poesía en píxeles.
Conclusión: El vértigo de recordar lo que nunca ocurrió
Flashback no solo fue un juego avanzado a su tiempo: fue una anomalía estética, un híbrido entre cine noir, filosofía sci-fi y arte animado, que encontró en el Commodore Amiga su catedral de silicio. Su melancolía tecnológica, su ritmo onírico y su diseño minimalista pero inmersivo siguen siendo un ejemplo de cómo el videojuego puede ser arte, experiencia y lenguaje.
Como los mejores recuerdos, Flashback no fue real… pero dejó huella.
