Eiichi Yamamoto convirtió la animación adulta japonesa en un aquelarre de acuarela, erotismo herido y psicodelia medieval que todavía quema los ojos.
Hay películas que parecen moverse. Belladonna of Sadness parece haber sido derramada. No avanza como una narración convencional, sino como tinta sobre papel húmedo: se expande, mancha, se coagula, vuelve a florecer donde ya parecía no quedar nada. En 1973, Eiichi Yamamoto cerró la trilogía adulta Animerama de Mushi Production con una obra que sigue resultando incómoda porque no sabe comportarse como anime, ni como melodrama, ni como cuento moral. Es una herida decorada con flores venenosas.

La edad adulta del dibujo
La película llega desde un lugar extraño de la historia de la animación japonesa: el momento en que Mushi Production intentaba demostrar que el dibujo no tenía por qué pertenecer solo a la infancia. Después de A Thousand and One Nights y Cleopatra, Yamamoto llevó esa ambición a un territorio mucho más oscuro, inspirado libremente por La Sorcière, el ensayo de Jules Michelet sobre brujería, poder y persecución.
El resultado no se parece a la idea industrial de “anime para adultos” que después venderían el vídeo doméstico, el cyberpunk o el shock exploitation. Aquí lo adulto no es una etiqueta de mercado: es una forma de mirar. Una manera de asumir que el deseo, la violencia, la religión, la pobreza y la superstición pueden convivir dentro del mismo trazo sin volverse entretenimiento fácil.
Por eso Belladonna of Sadness tiene algo de Gustav Klimt envenenado, de Aubrey Beardsley pasado por ácido, de tarot campesino encontrado en una comuna que se quemó antes de amanecer. Su animación es limitada, a veces casi inmóvil, pero esa quietud no la empobrece. La convierte en retablo. En página iluminada. En póster psicodélico que alguien ha dejado demasiado cerca del fuego.
Jeanne, o el cuerpo convertido en campo de batalla
La historia de Jeanne nace de una violencia feudal que la película no trata como simple detonante narrativo, sino como sistema. Lo importante no es solo lo que le sucede a una mujer, sino el mundo que necesita que eso suceda para seguir funcionando: señores, impuestos, sacerdotes, miedo, hambre, obediencia. La brujería aparece entonces menos como fantasía que como lenguaje de supervivencia. Cuando el orden social solo ofrece humillación, la maldición empieza a parecer una forma de gramática.
Ahí está la tensión más incómoda de la película. Puede leerse como cuento feminista, como explotación setentera, como tragedia medieval, como delirio pop, como crítica al poder patriarcal o como objeto contradictorio que contiene todo eso a la vez. Su fuerza está precisamente en no dejarse limpiar. Belladonna no pide ser absuelta; pide ser atravesada.
Frente a la claridad heroica de tantas narraciones de venganza, Yamamoto elige una belleza contaminada. Las flores no son consuelo, son síntoma. Los cuerpos no son anatomía, son paisaje. La pantalla se comporta como un manuscrito febril donde cada línea parece prometer emancipación y castigo al mismo tiempo.

Psicodelia sin paz
Vista hoy, su psicodelia no tiene nada de escapista. No es la puerta luminosa de Yellow Submarine ni el optimismo cromático de cierta contracultura domesticada. Se parece más a una misa negra impresa en papel caro: colores que seducen para poder acusar, ornamento que no embellece la violencia sino que la vuelve imposible de apartar.
Por eso conecta de manera rara con zonas posteriores de la cultura underground: el erotismo maldito de los cómics europeos, la violencia ceremonial de cierto cine de culto, la animación experimental que entiende el movimiento como trance y no como fluidez. También dialoga con una genealogía de imágenes femeninas convertidas en amenaza cuando dejan de ser propiedad: santas, brujas, divas, vampiras, iconos glam, musas rotas por el mismo aparato que las adora.
La ficha técnica dice 1973, Japón, Eiichi Yamamoto, Mushi Production. Todo eso es cierto. Pero la experiencia real parece venir de un archivo menos ordenado: un libro de botánica venenosa, una capilla abandonada, una portada de rock progresivo, una pesadilla de Art Nouveau, una copia en 35 mm que ha pasado décadas aprendiendo a sangrar en silencio.
Una película que no se deja domesticar
Durante años, Belladonna of Sadness circuló como objeto perdido, más susurrado que visto, hasta que las restauraciones y reediciones permitieron devolverle cuerpo público. Esa recuperación no la volvió menos extraña. Al contrario: la hizo más difícil de encajar. En una época que suele pedir a las obras antiguas que se expliquen, se disculpen o se conviertan en “clásicos” manejables, esta película conserva algo ferozmente indócil.
No es perfecta, ni cómoda, ni inocente. Tampoco necesita serlo. Su grandeza está en esa condición de reliquia peligrosa: demasiado bella para reducirla a denuncia, demasiado turbia para venderla como pura emancipación, demasiado singular para dejarla encerrada en la vitrina del anime histórico.
Quizá por eso sigue viva. Porque hay imágenes que no envejecen como documentos, sino como venenos. Se vuelven más densas, más lentas, más perfumadas. Belladonna of Sadness no mira al espectador desde la pantalla: lo mancha. Y cuando termina, uno no recuerda haber visto una película, sino haber tocado una flor que no debía tocar.
Enlaces: trailer oficial restaurado · ficha en MUBI · ficha en IMDb
