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Daisuke Ichiba: dibujar como si el papel tuviera fiebre

Daisuke Ichiba: dibujar como si el papel tuviera fiebre
Categories Extravagancia Visceral

Daisuke Ichiba: dibujar como si el papel tuviera fiebre

Daisuke Ichiba no dibuja cuerpos: dibuja síntomas. Sus páginas parecen haber sido encontradas en una clínica que también funciona como templo, imprenta clandestina y cuarto infantil después de una pesadilla. Hay mangakas que construyen mundos. Ichiba parece dejar que el mundo se descomponga sobre la hoja hasta que aparece una belleza rara, incómoda, casi medicinal.

El underground como fiebre privada

En el mapa occidental del manga extremo solemos reconocer antes los nombres convertidos en etiqueta: Suehiro Maruo, Shintaro Kago, Junji Ito, Hideshi Hino. Son puertas de entrada, señales luminosas, genealogías más o menos domesticadas por reediciones, camisetas y algoritmos. Daisuke Ichiba pertenece a otro tipo de circulación: la de los libros pequeños, las ferias, los catálogos de editoriales raras, los lectores que llegan por accidente y sienten que han abierto algo que quizá no estaba pensado para ser abierto.

Nacido en 1963 y asociado a Tokio como lugar de trabajo, Ichiba aparece descrito por editoriales y librerías especializadas como pintor, dibujante, autor de manga y fotógrafo. Shashasha lo presenta como artista autodidacta nacido en la prefectura de Kumamoto; Hollow Press sitúa su arranque serio en la pintura durante los años ochenta y recuerda que en 1990 autoeditó su primer libro, 37 Year Old Bastard. No es una cronología de carrera limpia, sino una ruta subterránea: autoedición, páginas que circulan como objetos, atención de figuras del margen, una relación con Europa a través de espacios como Le Dernier Cri y Hollow Press.

Ese circuito importa porque explica algo de su obra. Ichiba no parece hablar desde la industria del manga, sino desde sus grietas. Sus imágenes no buscan la transparencia narrativa ni el acabado seductor de la franquicia. Funcionan más bien como cuadernos de enfermedad, retablos íntimos, visiones privadas donde el deseo, la maternidad, la infancia, lo grotesco y la ternura aparecen mezclados sin pedir permiso.

Belleza enferma, papel vivo

Archivo febril de zines, dibujos anatómicos y papel xerografiado bajo luz verde.

Les presses du réel resume su imaginario con una fórmula útil: imágenes violentas y bellas, un mundo delicado perseguido por fantasmas japoneses y grotescos de contradicción moral. La frase funciona porque evita reducirlo a “manga perturbador”, etiqueta demasiado barata para una obra que incomoda de una manera más compleja.

Lo que inquieta en Ichiba no es solo la deformidad. Es la fragilidad. Sus cuerpos pueden parecer dañados, febriles, abiertos por dentro, pero rara vez son simples monstruos. Hay en ellos una vulnerabilidad que desactiva la lectura cómoda del horror. Mirarlos no produce únicamente rechazo: produce una especie de cuidado culpable. Como si el dibujo pidiera al mismo tiempo distancia y protección.

Ahí aparece su parentesco secreto con otras tradiciones del underground visual: el ero-guro japonés, el cómic alternativo europeo más sucio, el art brut, ciertas portadas de noise, los fanzines xerografiados que huelen a tinta pobre y urgencia. Pero Ichiba no se agota en esas referencias. Su línea tiene algo de cuento infantil infectado, de estampa religiosa mal curada, de manga que hubiera pasado demasiado tiempo cerca de un sueño médico.

Hollow Press ha ido recuperando parte de ese archivo en ediciones como The Life of Namazuko, KSKHH o Hospital Train, publicadas en distintos idiomas y reimpresas en años recientes. Ese gesto editorial no solo rescata libros difíciles de encontrar; también los recoloca en una constelación internacional de lectores que buscan cómic como objeto de culto, no como producto de consumo rápido.

El cuerpo como contradicción moral

Hablar de Ichiba exige cuidado. Su obra se mueve cerca de zonas donde el lenguaje crítico puede volverse torpe: erotismo, grotesco, juventud, maternidad, corrupción, daño. Convertir todo eso en morbo sería traicionarla. Higienizarlo también. La fuerza está precisamente en esa incomodidad: en no saber si una imagen es una herida, una broma privada, una oración mal pronunciada o un recuerdo que ha perdido su forma humana.

Sus dibujos parecen preguntar qué ocurre cuando el cuerpo deja de ser identidad estable y se convierte en campo de batalla simbólico. No el body horror espectacular de la carne que explota en pantalla, sino una mutación más baja, más psíquica: ojos que no descansan, miembros que pesan como culpa, rostros que parecen haber aprendido a sonreír por obligación. En ese sentido, Ichiba conecta menos con la estética del susto que con una tradición de belleza enferma: Hans Bellmer, Unica Zürn, Suehiro Maruo, David Lynch cuando todavía confiaba en que una habitación podía contener todo el mal del mundo.

Pero también hay humor. No el humor liberador de la carcajada, sino una risa lateral, seca, como si la página supiera que el desastre es ridículo además de insoportable. Esa mezcla de ternura, crueldad y absurdo lo aleja del ilustrador oscuro convencional. Ichiba no decora la rareza: la deja respirar demasiado cerca.

Libros como objetos contaminados

Parte del encanto de estos autores está en que sus libros siguen pareciendo objetos. No solo contenido. The Life of Namazuko o KSKHH, en sus ediciones de Hollow Press, no se presentan como mercancía transparente: son pequeñas piezas de circulación limitada, traducidas, reimpresas, acompañadas a veces por originales, cubiertas, páginas sueltas, material que devuelve al cómic su condición de artefacto físico.

Eso encaja con la obra. Una página de Ichiba vista en pantalla puede impactar, pero en papel adquiere otra temperatura: la del trazo como residuo, la del blanco como piel, la de la tinta como infección elegante. En tiempos donde casi toda imagen extrema acaba comprimida en feed, su trabajo recuerda que el underground no es solo un estilo visual. Es una forma de circulación, una economía de deseo raro, una comunidad de lectores que todavía cree que un libro puede ser peligroso porque pesa en la mano.

Quizá por eso Ichiba resulta tan The Passengers: porque vive en el punto donde el cómic deja de ser género y se vuelve habitación cerrada. No hace falta entenderlo todo. No hace falta traducir cada símbolo. A veces basta con aceptar que una página pueda actuar como fiebre: te sube, te altera la percepción, te deja sudando imágenes que no sabes si quieres conservar.

Mirar sin domesticar

Vagón nocturno convertido en imprenta y clínica underground con papeles colgados.

La tentación con artistas así es convertirlos en postal del extremo: “el mangaka grotesco”, “el dibujante perturbador”, “la rareza japonesa”. Etiquetas rápidas para tranquilizar al lector. Pero Ichiba merece algo mejor: ser leído como alguien que trabaja con contradicciones morales y afectivas, no solo con shock.

Sus imágenes son violentas y bellas porque entienden que esas dos palabras nunca han estado tan separadas como nos gustaría. Son delicadas y enfermas porque la delicadeza también puede ser una forma de daño. Son grotescas porque el cuerpo, cuando deja de obedecer a la narrativa limpia de la cultura pop, siempre termina pareciendo una acusación.

Daisuke Ichiba dibuja como si el papel tuviera fiebre. Y quizá esa sea la mejor manera de entrar en su obra: no buscando diagnóstico, sino temperatura. Dejando que la imagen arda un poco antes de decidir si era horror, deseo, memoria o una forma torcida de piedad.

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