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Videodrome: la audiencia era la materia prima

Videodrome: la audiencia era la materia prima
Categories Inquietud Visceral

Videodrome: la audiencia era la materia prima

En Videodrome, David Cronenberg convirtió la televisión en una membrana: una superficie doméstica que no transmite imágenes, sino que aprende a tener hambre. La película de 1983 no predice simplemente una cultura hipnotizada por las pantallas; imagina algo más incómodo: que mirar también puede ser una forma de dejarse mirar, y que el cuerpo acaba pagando la factura de esa intimidad.

Un programador buscando su próximo producto

Max Renn dirige Civic TV, una pequeña emisora especializada en violencia y sexo. Cuando descubre una señal pirata llamada Videodrome, su curiosidad profesional se mezcla con una atracción cada vez menos distinguible del contagio. La emisión no tiene el brillo limpio de la televisión comercial: parece encontrada en una habitación sin aire, una frecuencia clandestina donde el espectáculo ya no representa la violencia, sino que la practica sobre quien observa.

Cronenberg rueda esa infección con una precisión casi clínica. El aparato de televisión deja de ser una ventana y se vuelve una superficie orgánica: se abomba, respira, recibe una mano. El célebre gesto de introducir el rostro en la pantalla es la imagen de una cultura que ha confundido acceso con contacto.

Max Renn y la intimidad de la máquina

James Woods interpreta a Max como un hombre de negocios que todavía cree controlar sus apetitos. Debbie Harry, como Nicki Brand, aparece al otro lado de una fantasía donde deseo, dominación y señal televisiva se funden. La película pertenece al body horror, pero su terror decisivo es mental: una idea consigue instalarse en un cuerpo y reescribirlo desde dentro.

Podemos leer Videodrome junto a la paranoia de Philip K. Dick, las prótesis de H. R. Giger y la ansiedad electrónica del industrial: una constelación de afinidades, no una lista de influencias demostradas. Son distintas maneras de imaginar que una máquina puede entrar en nosotros sin pedir permiso.

La televisión como órgano político

La señal de Videodrome no es solo una pesadilla erótica. También es un arma. En la película, la televisión fabrica percepciones, disciplina deseos y produce una realidad obediente. El aparato doméstico no necesita demostrar que una imagen es verdadera; le basta con hacer que se sienta físicamente inevitable.

La película no adivinó literalmente las redes sociales: entendió que los medios organizan la experiencia del cuerpo. La pantalla contemporánea cabe en un bolsillo, pero conserva aquella promesa monstruosa: ser una puerta que también funciona como músculo.

Ilustración editorial: estudio televisivo vacío con cámaras y monitores de ruido analógico
Ilustración editorial generada con IA; no es un fotograma de la película.

El espectador como materia prima

Aquí importa recordar de qué trabaja Max. No empieza investigando una conspiración: busca programación capaz de distinguir a su cadena. Lo que le atrae de la señal es su valor como mercancía. Esa violencia parece ofrecer una ventaja competitiva, algo que el público no encuentra al girar el dial. Su curiosidad tiene un departamento comercial dentro.

Ese detalle vuelve la película más inquietante que una simple advertencia contra las pantallas. El intermediario que cree elegir lo que otros consumirán acaba convertido en consumidor y soporte de un programa ajeno. Max compra una diferencia y recibe una orden. La trampa no necesita vencer su voluntad: utiliza su ambición profesional como puerta de entrada.

La lectura puede acercarse a la sociedad del espectáculo de Guy Debord, aunque aquí la separación entre experiencia e imagen se resuelve de la peor manera posible: la imagen invade la experiencia. Tampoco hace falta convertir a Cronenberg en profeta de cada aplicación contemporánea. La película habla de una relación de poder, no de acertar el diseño del próximo dispositivo.

Nueva carne, vieja hipnosis

La “nueva carne” de Cronenberg no es una mejora tecnológica. Es una pérdida de frontera. El cuerpo se vuelve interfaz, la señal se vuelve deseo y el deseo se vuelve una orden que parece propia. El final no tranquiliza: la transformación suena tanto a liberación como a programación.

Videodrome sigue latiendo porque no trata sobre una pantalla concreta, sino sobre el instante en que una imagen deja de estar delante de nosotros y empieza a vivir dentro. Cada salón puede ser una sala de operaciones; cada emisión, una pequeña cirugía sin anestesia.

Ya recorrimos la mutación corporal en nuestro ensayo sobre Cronenberg y la Nueva Carne. Aquí la pregunta es más mezquina, y quizá más actual: quién programa la señal, quién gana con ella y en qué momento dejamos de ser su audiencia para convertirnos en su material.

La señal original

Ficha y contexto de Videodrome · Tráiler en el canal de Arrow Video