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World of Tomorrow: ciencia ficción para niñas, clones y recuerdos que no caben en el cuerpo

World of Tomorrow: ciencia ficción para niñas, clones y recuerdos que no caben en el cuerpo
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World of Tomorrow: ciencia ficción para niñas, clones y recuerdos que no caben en el cuerpo

Hay futuros que no llegan con ejércitos de metal ni ciudades suspendidas, sino con una voz amable diciéndote que todo lo que amas será copiado, archivado, degradado y vendido como experiencia premium. World of Tomorrow, el corto de Don Hertzfeldt estrenado en 2015, parece dibujado con cuatro líneas y una tristeza infinita. Su truco es cruel: habla como un juguete roto y piensa como una elegía.

La premisa es casi un chiste de ciencia ficción reducido a hueso: una niña llamada Emily recibe la visita de una versión clonada de sí misma, llegada desde un futuro remoto. La adulta, o lo que queda de ella, intenta explicar el porvenir con una serenidad burocrática que vuelve cada revelación más absurda. Clones, copias de seguridad emocionales, turismo mental, recuerdos implantados, cuerpos reemplazables, vidas acumuladas como carpetas. La pequeña Emily responde con la lógica salvaje de quien todavía no sabe obedecer a la muerte.

Minimalismo contra la maquinaria del futuro

Hertzfeldt lleva años trabajando con una economía visual que parece negativa a primera vista: figuras de palo, fondos casi vacíos, formas geométricas, explosiones abstractas de color. Pero en World of Tomorrow esa pobreza aparente funciona como una estrategia de precisión. La ciencia ficción suele hincharse hasta cubrirlo todo; aquí se desinfla hasta dejar una línea temblando en mitad de la pantalla.

Ese minimalismo permite que el horror entre sin ruido. No necesitamos ver la megaciudad, la industria del clon o los museos de memoria con detalle realista. Basta una voz que enumera procedimientos imposibles con la naturalidad de quien habla de cambiar una bombilla. El futuro no aparece como espectáculo, sino como protocolo. Y por eso da más miedo.

Silueta infantil frente a un clon distante en un corredor de pantallas y puntos de memoria

La niña como fallo del sistema

Una parte decisiva de la película nace de la voz infantil de Winona Mae, sobrina de Hertzfeldt, grabada en reacciones espontáneas mientras dibujaba y jugaba. Frente a ella, Julia Pott interpreta a la Emily adulta con una dulzura desgastada, como si ya hubiera aprendido a narrar la catástrofe sin levantar el tono.

El choque entre ambas voces es el centro emocional del corto. La Emily futura habla desde un mundo que ha convertido la experiencia en archivo. La niña contesta desde un presente donde una palabra puede ser juego, ruido o descubrimiento. Una pertenece a una civilización que ha sobrevivido demasiado; la otra todavía está viva en el sentido más peligroso: no entiende por qué habría que aceptar la tristeza como sistema operativo.

Monitor CRT, cajas transparentes con fragmentos de memoria, cables y dibujos infantiles bajo luz azul

Memoria externalizada, alma en baja resolución

World of Tomorrow pertenece a esa familia de ficciones que sospechan de la inmortalidad tecnológica. No la imagina como triunfo, sino como acumulación de restos. Recuerdos que se guardan fuera del cuerpo. Conciencias que se copian con pérdida de señal. Afectos que sobreviven como archivos reproducibles, pero no necesariamente habitables.

Ahí la película conversa, sin necesidad de parecerse visualmente, con muchas obsesiones contemporáneas: la nube como cementerio íntimo, las fotos como prótesis de memoria, la identidad convertida en dato recuperable, la fantasía de no desaparecer del todo. Hertzfeldt entiende que el problema no es solo morir. El problema es que quizá podamos conservar demasiadas versiones de nosotros mismos y aun así perder lo esencial.

Humor negro con temperatura humana

Lo admirable es que el corto nunca se vuelve sermón tecnológico. Es muy divertido, de una forma seca y lateral. Sus frases parecen instrucciones de un manual emocional escrito por alguien que olvidó qué era una emoción. Cada avance del futuro llega acompañado de una pequeña humillación existencial. La vida se alarga, sí, pero también se vuelve más rara, más administrativa, más sola.

Y aun así hay ternura. No una ternura decorativa, sino una resistencia mínima. La niña no salva el futuro; ni siquiera lo comprende del todo. Pero su presencia desordena la lógica del archivo. Donde el clon enumera pérdidas, Emily responde con asombro, interrupciones, canciones pequeñas, una atención física al presente. En una película obsesionada con copias, ella es lo irrepetible.

Una postal desde el mañana cansado

Vista hoy, World of Tomorrow parece menos una fantasía distante que una miniatura clavada en nuestra mesa. Vivimos rodeados de tecnologías que prometen recordar por nosotros, proyectarnos, conservarnos, simularnos. Cada una trae su brillo de progreso y su pequeña sombra funeraria. Hertzfeldt no necesita nombrarlas directamente. Le basta imaginar un futuro donde todo se conserva menos la temperatura exacta de estar aquí.

Por eso el corto duele tanto bajo su apariencia ligera. No porque diga que el mañana será terrible, sino porque pregunta qué parte de nosotros llegaría a ese mañana si lo delegamos todo: la memoria, el deseo, el duelo, la voz, incluso la nostalgia. Quizá el alma, si existe en esta película, no sea una sustancia eterna. Quizá sea apenas una niña distraída que todavía puede mirar una imagen imposible y decir algo que ningún archivo habría previsto.

World of Tomorrow es ciencia ficción reducida a señal mínima: línea, voz, color, pérdida. Un pequeño mensaje enviado desde un futuro que ha aprendido a durar demasiado y a vivir demasiado poco. Y en medio de ese archivo frío, una niña sigue haciendo ruido. Menos mal.

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